Los integrantes del equipo que conquistó el Campeonato de Campeones de Centroamérica y Panamá en 1996 recuerdan el camino que los llevó a la cima, la disciplina de Ricardo “Tituya” Renderos y la canasta que selló una de las mayores hazañas del baloncesto salvadoreño.



Aquel equipo campeón estuvo integrado por Gustavo Chavarría, Wesley Savery, Amado Martínez, Bob Hunter, Alex Funes, Marden Deleón, Carlos Vigil, Douglas Alvarenga, Arturo González Mata, Ernesto “Colocho” Rodríguez, Ricardo Granillo y Fabio Hércules, bajo la dirección técnica de Ricardo “Tituya” Renderos. Sus jugadores se reunieron recientemente para recordar aquella gesta. Lo que sigue es su historia, contada en sus propias palabras.
El equipo que conquistó Centroamérica no se construyó de la noche a la mañana. La mayoría de sus integrantes llevaban años jugando juntos bajo la dirección de Ricardo “Tituya” Renderos, un entrenador cuya disciplina marcaría para siempre a aquella generación. Algunos ya habían compartido experiencias internacionales desde categorías juveniles y, con el paso del tiempo, desarrollaron una química que terminaría siendo decisiva en Guatemala.
Fabio Hércules recuerda que llegó al Denver atraído por algo poco común para la época, pues era uno de los pocos equipos que entrenaba todos los días. Aquella exigencia, sin embargo, tenía un responsable claro.
Todos los caminos de esta historia llevan al mismo punto: Ricardo “Tituya” Renderos. Su nombre aparece en cada relato, a veces con una sonrisa, siempre con respeto. Fue el mismo entrenador desde los años en el Colegio San Francisco, el mismo que los conocía desde estudiantiles, el mismo que los llevó a Guatemala y a Brasil.
Su filosofía era clara y no admitía excepciones: sin disciplina, no hay nada. Entrenaban tres horas diarias, incluyendo sábados y domingos. Un año, con un torneo programado para enero, el equipo entrenó todo diciembre, con la excepción del 25 de diciembre y el 1 de enero.
Las reglas eran simples y se cumplían sin excepción. Si faltabas a un entrenamiento, no jugabas ni un segundo en el siguiente partido. Si llegabas tarde a la reunión previa al juego, tampoco. En una ocasión, dos jugadores titulares llegaron dos minutos tarde. Renderos siguió hablando como si nada. Al terminar, les dijo que se sentaran. No jugaron.
“Yo nunca amenacé, pero cumplí con todo lo que decía. Porque si usted dice tal cosa y no lo hace, es mentiroso. Si alguien llega tarde y todos los demás están a tiempo, ponerlo a jugar es faltarle el respeto a los que sí cumplieron”, añadió el entrenador.
Carlos Vigil, uno de los jugadores más jóvenes del equipo, lo describe como alguien a quien todos respetaban profundamente, no solo por sus resultados sino por su trayectoria. Para muchos jugadores de aquella generación, hablar de Tituya era hablar de algo grande.
“Algunos decían que era mejor estar con la guardia que con él. Era muy estricto, pero la mayoría lo tomábamos bien porque sabíamos que eso era lo que necesitábamos. Al final fuimos viendo el rendimiento, los triunfos, y dijimos: por algo es”, señaló Vigil.
Ricardo Granillo coincidió en que esa exigencia dejó una huella que fue más allá de la cancha.
“Todo ese carácter que uno forja a nivel deportivo lo lleva definitivamente a la vida personal. La disciplina, seguir un lineamiento, cumplir con ciertos requisitos. Es algo que nos ha ayudado a todos”, expresó el centro del Denver.
El Denver llegó a Guatemala como campeón nacional salvadoreño. El torneo reunía a los campeones de cada país de la región. Había equipos con recursos, con refuerzos extranjeros y con patrocinadores. El Denver llegó con algo diferente: años de trabajo juntos y un entrenador que ya había visto todo.
Además, el equipo llegó incompleto. Cinco jugadores no obtuvieron permiso para viajar el primer día. Alex Funes, la gran estrella del equipo, seguía en Honduras jugando profesionalmente con el Maratón de San Pedro Sula y su club no le daba autorización para incorporarse. El primer partido se jugó con apenas siete hombres.
“Don Mario (Aguilar), director del Denver, no quería jugar ese primer partido porque solo éramos siete. El torneo empezó y todos creían que nos iban a ganar. Nos enfrentamos a un equipo de Honduras que tenía mucho dinero y contaba con dos panameños muy buenos, y no éramos favoritos. Terminamos ganando ese partido”, recordó Ernesto Rodríguez, pasador y capitán del Denver.
Ese primer triunfo marcó el tono del campeonato. Con el equipo todavía incompleto, el Denver le había enviado un mensaje al resto de participantes.
Con el torneo ya avanzado se incorporaron Ricardo Granillo, Alex Funes y el panameño Amado Martínez, recomendado por el propio Funes tras coincidir con él en la Universidad de Iowa.
“Me incorporé a mitad del torneo y traté de aportar lo que podía. Amado Martínez era un jugador con mucha potencia, lo conocía bien porque había jugado con él en Iowa. Sabía que iba a hacer la diferencia”, señaló Funes.
El rival más complicado era Guatemala. El equipo local había preparado el torneo durante meses y contaba con una inversión inusual para la época, ya que tenía a dos seleccionados mexicanos como refuerzos, uno de 2.17 metros y otro de 2.10 metros, ambos contratados con salarios que rondaban los diez mil dólares. En la fase regular, Guatemala derrotó al Denver.
“Después de esa derrota hubo muchas dudas, muchas miradas. ¿Por qué hiciste eso? ¿Por qué pasó esto? Pero logramos calmarnos, entrar cada quien en razón y ponernos como objetivo enfrentar a ese equipo otra vez. No nos íbamos a quedar así”, afirmó Bob Hunter.
Mientras tanto, Guatemala ya se veía campeón. Habían preparado camisetas y gorras conmemorativas para celebrar el título. El 8 de julio de 1996 se disputó la final.
El gimnasio estaba lleno. Entre ocho y diez mil personas alentaron al equipo local, convencidas de que presenciarían una coronación guatemalteca.
El marcador cambió de dueño varias veces en un duelo muy equilibrado. Sin embargo, Renderos sabía que su equipo podía ofrecer mucho más de lo mostrado en la primera mitad.
“La charla de Ricardo en el medio tiempo nos hizo reaccionar. Después fue un partido muy cerrado”, recordó Alex Funes.
Los segundos finales encontraron al Denver abajo por un punto. Renderos pidió tiempo. En aquella pausa, el entrenador y Ernesto Rodríguez tomaron la decisión más importante del torneo.
“Me llamó el Tituya y me dijo: Alex o Mata. Le dije: con Alex tenemos la ventaja de que puede ir por la pintura. Con Arturo sabemos que si tiene el tiro, existen altas posibilidades de que anote. Decidimos con Alex”, explicó Rodríguez.
La jugada estaba diseñada. El Colocho haría una pantalla. Funes cortaría hacia el aro. Faltaban dieciocho segundos.
“Recibí el balón. Me estaba marcando Toñito, el mexicano. Solo hice un giro rápido y se la tiré lo más rápido posible y cayó”, señaló Funes.
Guatemala tuvo una última posesión. El lanzamiento desesperado desde más allá de media cancha golpeó el aro, pero no encontró destino. Sonó la chicharra. El campeón era salvadoreño.
Entonces ocurrió algo que ninguno esperaba. La misma afición que había apoyado a Guatemala durante todo el partido se puso de pie para aplaudir.
“La gente nos aplaudió. Vinieron a decirnos gracias por el espectáculo. Eso es algo que uno lleva en el alma porque lo hicimos por una bandera, por un país. A pesar de que representamos al Denver, nos llamaban El Salvador”, afirmó Bob Hunter.
“Fuimos a abrazar a Don Mario. Estaba llorando, le dio una taquicardia. Se había bajado al sótano en los últimos minutos porque no lo podía ver. Salió llorando igual que nosotros”, recordó Ernesto Rodríguez.
El título centroamericano abrió la puerta a la Copa América de Clubes en Brasil, donde el Denver se enfrentó a potencias del continente, incluido el Atenas de Argentina, que terminaría proclamándose campeón, y contaba con dos basquetbolistas que se convirtieron en jugadores de la NBA.
Carlos Vigil resume el legado de aquella generación con una reflexión sencilla.
“Con las limitaciones que teníamos en ese tiempo, logramos muchas cosas. Y el máximo orgullo es haber logrado jugar con personas que yo admiraba mucho y considerarlas hoy mis amigos”, concluyó.
Treinta años después, sus nombres siguen ligados a una de las mayores hazañas del baloncesto nacional.











