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Dos hermanos, una misma pasión

Cuando Cecilia de Guardado llegaba a entrenar voleibol playa en las canchas de El Cafetalón, nunca imaginó que aquellos dos niños que corrían detrás de un balón de fútbol terminarían representando a El Salvador en competencias internacionales.

Hoy, más de una década después, Yoel y Christopher Guardado son una de las parejas más reconocidas del voleibol playa salvadoreño, con medallas en eventos regionales y continentales que respaldan una trayectoria construida a base de disciplina, constancia y una relación de hermanos que encontró en el deporte un objetivo compartido.

Entre sus principales resultados destacan la medalla de oro obtenida en el circuito Norceca disputado en Nicaragua en 2025, el bronce conseguido en el Torneo Preolímpico de Voleibol Playa realizado en Tlaxcala, México, en 2024, y otra medalla de bronce en el Tour Continental Norceca celebrado en República Dominicana en 2025.

En categorías juveniles también han dejado huella. Ese mismo año conquistaron el Campeonato Centroamericano U23 en Nicaragua, finalizaron como subcampeones del Norceca U23 en Islas Caimán y obtuvieron un tercer lugar en República Dominicana.

Sin embargo, cuando todo comenzó, el voleibol no era parte de sus planes.

“Nosotros jugábamos fútbol y era el deporte que más nos gustaba. Como no teníamos quién nos cuidara en casa, siempre acompañábamos a mi mamá a sus entrenamientos. Mientras ella practicaba, nosotros nos quedábamos jugando fútbol en las canchas”, recuerda Christopher.

Lo que inicialmente era una rutina familiar terminó convirtiéndose en una oportunidad inesperada. Entre entrenamientos y partidos informales, Cecilia comenzó a involucrar poco a poco a sus hijos en la dinámica del voleibol.

“El voleibol de playa le gustaba mucho a mi mamá. Tenía amistades en ese ambiente y asistía con frecuencia a entrenar. Sin darnos cuenta, ella nos fue acercando al deporte. Ahora sigue siendo nuestra principal fan y una de las personas que más nos apoya”, comenta Christopher.

Con el paso del tiempo, la curiosidad sustituyó al fútbol. Lo que empezó como un juego ocasional se transformó en entrenamientos cada vez más frecuentes y en una nueva pasión para los hermanos.

“Nos divertíamos mucho. Incluso más que cuando jugábamos fútbol. Nunca pensamos que el voleibol de playa nos iba a cambiar la vida de esta manera. Era un deporte que nos permitía compartir siempre juntos y eso fortaleció todavía más nuestra relación”, agrega.

La transición no fue inmediata. A los 12 años comenzaron a involucrarse con mayor seriedad en los entrenamientos dirigidos por el entrenador Max Sandoval. Más adelante llegó una figura que marcaría un punto de inflexión en sus carreras: Eduardo Zavala.

Según Christopher, fue Zavala quien les hizo comprender que el deporte requería un nivel de compromiso distinto.

“Él nos dijo que debíamos tomarnos esto en serio. Entrenábamos seis días a la semana y comenzamos a entender lo que significa ser responsables como atletas. Fue un cambio grande porque nuestras rutinas ya no eran las mismas”, explica.

El nuevo ritmo de vida implicó sacrificios. Los entrenamientos diarios bajo el sol, las jornadas de estudio y la necesidad de organizar mejor su tiempo se convirtieron en parte de su realidad.

“Llegábamos tarde a casa, nos desvelábamos haciendo tareas y a veces incluso recibíamos llamados de atención en el colegio. En ese momento estábamos aprendiendo a equilibrar los estudios y el deporte. Éramos los primeros de nuestra familia que estaban viviendo una experiencia de este nivel”, recuerda.

A pesar de las dificultades, ninguno consideró abandonar el camino. “Siempre nos han gustado los retos. El voleibol era más exigente que el fútbol y eso nos motivaba. Cada día representaba una oportunidad para mejorar”, afirma Christopher.

Para Yoel, esos años fueron fundamentales no solo para su crecimiento deportivo, sino también para su desarrollo personal.

“Son más de 10 años de experiencias que uno guarda para siempre. Hay momentos difíciles, pero también recuerdos que te ayudan a convertirte en la persona que eres hoy. Todo eso forma parte de nuestra historia”, expresa.

En ese recorrido, el respaldo familiar ha sido determinante. “Mis padres siempre creyeron en nosotros. Nunca nos dijeron que no podíamos lograr algo. Al contrario, nos recordaban constantemente que éramos capaces y que debíamos confiar en nuestro talento”, comenta Yoel.

Uno de los momentos que marcó el inicio de una nueva etapa llegó en el clasificatorio centroamericano para los Juegos Olímpicos de la Juventud de 2018, realizado en Guatemala. Los hermanos consiguieron la medalla de bronce, un resultado que les permitió darse cuenta de que podían competir al más alto nivel.

“Fue una de las primeras veces que sentimos reconocimiento. La gente ya nos identificaba como los gemelos. Ahí comenzamos a notar que estábamos avanzando y que nuestro trabajo estaba dando resultados”, recuerda Yoel.

Posteriormente llegaron otros podios y experiencias internacionales que fortalecieron su confianza. No obstante, el camino también estuvo lleno de obstáculos. Uno de ellos fue la percepción de que su estatura podía convertirse en una desventaja dentro de un deporte donde las características físicas suelen tener un peso importante.

“La estatura fue un tema que tuvimos que superar mentalmente. Había personas que no creían en nosotros por eso. Tuvimos que demostrar que podíamos competir y obtener resultados”, afirma Yoel.

Otro desafío consistió en aprender a convivir dentro y fuera de la cancha. Aunque comparten el vínculo de hermanos gemelos, también son compañeros de trabajo y de competencia, una combinación que exige comunicación constante.

“Siempre hablamos sobre la importancia de mantener una buena relación. Sabíamos que si queríamos avanzar debíamos respetarnos y resolver cualquier diferencia. No era algo que podíamos ignorar porque dependemos uno del otro dentro de la cancha”, explica.

Esa conexión se ha convertido precisamente en una de sus principales fortalezas. El conocimiento mutuo desarrollado durante toda una vida les permite interpretar movimientos, reacciones y situaciones de juego con una naturalidad difícil de encontrar en otras parejas deportivas.

Para Yoel, otro momento decisivo ocurrió cuando lograron clasificar a su primera competencia internacional juvenil.

“Fue una sorpresa porque vencimos a una pareja a la que nunca habíamos derrotado. Después llegó la clasificación y el viaje. Para nosotros fue como sembrar la primera semilla de todo lo que vino después”, recuerda.

Mientras los resultados comenzaban a llegar, Cecilia observaba con orgullo el crecimiento de sus hijos. La madre de los atletas asegura que, aunque inicialmente el fútbol ocupaba la mayor parte de su atención, el voleibol terminó ofreciéndoles oportunidades que no habían imaginado.

“Ellos comenzaron jugando fútbol porque su papá los había inscrito en una academia. Pero poco a poco fueron encontrando su lugar en el voleibol. Cuando llegaron con el profesor Eduardo Zavala recibieron la atención y la orientación que necesitaban para desarrollarse”, comenta.

También destaca una característica que, según ella, ha acompañado a los gemelos desde pequeños: su nivel de exigencia.

“Siempre han sido muy disciplinados y competitivos, tanto en los estudios como en el deporte. Como familia estamos orgullosos de todo lo que han conseguido. Soñábamos con verlos ganar títulos importantes, aunque quizá no imaginábamos que esos resultados llegarían tan pronto”, afirma.

Hoy, los hermanos Guardado continúan escribiendo nuevas páginas en el voleibol playa salvadoreño. Detrás de cada medalla hay años de entrenamientos, sacrificios y viajes, pero también una historia familiar que comenzó de manera sencilla: dos niños que acompañaban a su madre a una cancha y que terminaron encontrando en la arena el proyecto de vida que los uniría para siempre.

Porque más allá de los podios y los reconocimientos, la historia de Yoel y Christopher demuestra que algunas de las mejores oportunidades aparecen donde menos se esperan y que, en ocasiones, el camino hacia el alto rendimiento comienza simplemente siguiendo los pasos de mamá.

Publicado el 12-06-2026.