Correr, reírse y disfrutar de la compañía de sus compañeros es lo que más emociona a Diego René Bonilla García, de 15 años de edad, cada martes y jueves que asiste a las actividades de la Academia Deportiva Inclusiva que funciona en cancha de fútbol San Fidel Guacotecti, Cabañas.
Diego, quien es una persona con autismo, proviene de una familia numerosa, ya que es el tercero de cinco hermanos: Sofía René, de 26 años; Daniel Alberto, de 16; Andrea Elizabeth, de 9 años, y Emely Julieth, de 3 años; a quienes se suman sus padres Lucía García y Moisés Orellana.
Durante el embarazo de Diego, Lucía comenta que vivió momentos complicados de salud y en su hogar, situación que la hace pensar que el padecimiento de su hijo fue a causa de no controlar sus emociones.
“Mi tercer embarazo no estaba programado y se me complicó un poco, debido a situaciones personales que estaba viviendo. Los primeros síntomas en su padecimiento lo comencé a notar en sus primeros años. Cuando estaba en la etapa de dar sus primeros pasos, no lo hizo y así comenzó el proceso de conocer cómo tratar a Diego”, explica Lucía.
Fue así que su madre, preocupada por no saber qué causaba su comportamiento, recurrió a varios especialistas para encontrar una respuesta, un diagnóstico médico oficial para saber cómo tratarlo.
“Lo llevaba a consulta general y decían que era parte de su crecimiento, al llevarlo con la psicóloga me dijo que era hiperactivo y que estaba muy sobreprotegido, en esa misma consulta le dejamos solo un momento y minutos después él andaba la boca llena de canicas, algo que nos asustó y ahí al especialista se dio cuenta por qué no se le dejaba solo mucho tiempo. Después lo llevé al Hospital Nacional Benjamín Bloom, en donde no tuve respuesta a lo que estaba padeciendo mi hijo”, recuerda la odontóloga.
Al llegar a los 13 años de edad, Diego tuvo su primera cita con una neuróloga pediatra, quien aclaró las dudas y dió el diagnóstico oficial de la condición del adolescente.
“Cuando me dijo lo que realmente tenía me puse a llorar, pensé que era un niño que no iba a tener oportunidades en nada, todos hablaban que tendría que estudiar en casa y yo decía: Diego es el que se va a quedar conmigo toda la vida, me sentía culpable. Pero la especialista nos dijo que teníamos que ayudarle a madurar las células del cerebro, para lo que nos recetó medicamentos”, agrega.
En la actualidad, Diego continúa con el tratamiento prescrito por la pediatra, su comportamiento es más amigable para todos, es más independiente, disfruta de momentos en familia y con sus amigos. Además, ya cursa cuarto grado y, aunque no se encuentra al nivel correspondiente a su edad, ha avanzado de forma gradual.
“El continúa en sus clases, va a cuarto grado, le está costando aprender a leer y escribir, en la lectura tiene corta retención, pero si lo ponen a dibujar o colorear lo hace con exactitud y eso a mi me permite ver un pequeño avance en su desarrollo mental”, dice la madre.
Y los avances que ha tenido Diego también se deben a su participación en el Programa de Academias Deportivas Inclusivas (Proadi) que impulsa el Instituto Nacional de los Deportes de El Salvador (INDES) con el soporte económico de respaldo económico de la Asociación Cooperativa de Ahorro y Crédito de Profesionales en Administración de Empresas y Carreras Afines (COASPAE).
“Cuando nos hablaron de un programa para hacer deporte, no creíamos que a Diego le interesaría participar, pues a él no le llamaba la atención cosas de actividad física, pero cuando lo llevamos descubrimos que sí le gusta, es más, le encanta, esto a pesar que nunca agarró una pelota, no le llamaba la atención y eso nos emociona mucho”, explicó Lucía.
Involucrarse en las actividades físicas le han permitido a Diego ser más social y aprender a tener una mejor relación con otras personas, acciones que en el pasado no se dieron a menos que fuera un miembro de la familia.
“Diego nunca tuvo un amigo y aquí en el programa ya tiene algunos, eso habla de que el deporte no solo le permite a él estar en buena condición física, sino también a relacionarse con otros chicos. Para la familia es emocionante”, agrega.
En la misma línea, la madre confesó que, por estar en tratamiento y participando en PROADI, ahora ya le confían movilizarse sin compañía a la escuela y a las clases del programa
“Ya confiamos en él, que se vaya solo a la escuela, es más, ya le damos la responsabilidad de ir junto con su hermana. Ya lo puedo mandar solo a la clase de Proadi, es más independiente y eso me llena de emoción y orgullo”, manifestó Lucía, que ha visto las bondades del PROADI.