LOGO INSTITUCIONAL
Generic selectors
Solo coincidencias exactas
Buscar en titulo
Buscar en contenido
Post Type Selectors

Cuando rendirse no es una opción: David Chávez y el camino que puso a El Salvador en el mapa paralímpico de invierno 

Antes de que su nombre apareciera en listados internacionales, antes de que El Salvador fuera mencionado en escenarios impensados del deporte de invierno, David Chávez era simplemente un adolescente más, con sueños comunes, con planes sencillos y con una vida que avanzaba sin sobresaltos.

No imaginaba hazañas, ni récords, ni romper fronteras deportivas. Imaginaba crecer, trabajar, viajar, construir algo propio. “Yo pensaba en lo normal, en ser adulto, en poder trabajar, en tener mis cosas, en conocer lugares. Nunca pensé que mi vida iba a partirse de esa forma”, recordó. La palabra discapacidad no existía entonces en su horizonte. El futuro era una línea abierta, no una pregunta.

Ese futuro se fracturó la noche del 7 de enero de 2015. David tenía 14 años cuando un hecho de violencia cambió su historia para siempre. Un disparo en la espalda lo dejó tendido en el suelo, consciente, sin entender del todo qué estaba ocurriendo, pero sintiendo de inmediato que algo había cambiado de manera irreversible. “Nunca me desmayé. Estuve consciente todo el tiempo. Sabía que algo grave había pasado, aunque todavía no dimensionaba qué”, contó. 

La bala quedó alojada en su cuerpo y le provocó una lesión medular permanente. Hasta hoy, sigue ahí. “Esa bala es parte de mí”, dijo.

Los días posteriores fueron largos, silenciosos y cargados de incertidumbre. Pasó 22 días hospitalizado, escuchando diagnósticos, evaluaciones y conversaciones médicas que definían su futuro. Los médicos fueron claros: operarlo implicaba riesgos mayores y nadie podía garantizar que volviera a caminar. “Ahí uno empieza a entender que la vida no va a ser como antes”, confesó. No hubo promesas falsas ni discursos tranquilizadores. Hubo realidad. Y esa realidad, para un adolescente, pesa.

Los primeros meses fueron, quizás, los más difíciles. La frustración apareció sin aviso. El cuerpo ya no respondía, la rutina había desaparecido y el futuro parecía cerrarse de golpe. “De un día para otro ya no sentía nada del ombligo hacia abajo. Hubo momentos en los que pensé que ya no tenía sentido seguir”, admitió. 

Su familia no lo dejó solo, no por sobreprotección, sino por miedo. Miedo a que el dolor mental fuera más fuerte que el físico. “Ellos sabían que yo estaba mal por dentro”, recordó.

El punto de quiebre no fue inmediato. Llegó en el centro de rehabilitación, un espacio que, sin saberlo, le devolvió la perspectiva. Ahí conoció otras historias, otras realidades, otras luchas más duras que la suya. “Vi personas con discapacidades más fuertes que la mía haciendo cosas increíbles. Y ahí me pregunté: ¿por qué yo quiero rendirme?”. Ese momento le devolvió la perspectiva. “Cuando me acepté como persona con discapacidad, mi vida empezó a cambiar. Dejé de verme con lástima”, explicó.

El deporte apareció primero como distracción, luego como terapia y, con el tiempo, como una herramienta para reconstruirse. David probó distintas disciplinas adaptadas: baloncesto en silla de ruedas, atletismo adaptado, lanzamiento. Compitió, viajó, ganó, perdió. En algunos momentos parecía encontrar su lugar; en otros, el camino se volvía a cerrar. 

“Hubo etapas en las que pensé que el deporte se había acabado para mí”, reconoció. Cambios de categoría, lesiones, falta de condiciones y, más adelante, la pandemia, fueron apagando escenarios. “Llegué a pensar que ya no iba a competir más”, dijo.

La historia dio un giro cuando apareció Rob Powers, un entrenador con una mirada distinta y una exigencia poco común. Primero llegó el parasurf, casi como una prueba, como una experiencia más. 

David compitió a nivel mundial y empezó a entender que todavía había espacio para soñar. Luego vino una idea que parecía absurda para cualquier lógica: paraesquí de fondo, un deporte de invierno para un atleta nacido y formado en un país tropical. “Yo nunca había visto la nieve. Todo lo que sabíamos al inicio era cero”, recordó.

El proceso fue tan atípico como exigente. Mientras otros atletas entrenaban sobre hielo, David lo hacía en piscinas, máquinas y arena, bajo el sol de la costa salvadoreña. “Entrenar en arena es más duro que entrenar en nieve. El esquí se hunde, no desliza. Ahí trabajamos fuerza, resistencia y mente”, explicó. 

El entrenamiento era físico, pero sobre todo mental. Dolor, cansancio extremo, frustración y una exigencia constante marcaron el camino. “El dolor es mental. Si uno se queda ahí, pierde; pero si lo supera, avanza”, afirmó.

En ese recorrido no estuvo solo. A su lado ha caminado Jonathan Arias, compañero de entrenamientos, de viajes, de sacrificios y de silencios. Su vínculo se forjó mucho antes de la nieve. “Tenemos mucho tiempo de conocernos, yo llegué un año antes y ahí empezamos a entrenar juntos”, comentó Jonathan. 

Compartieron centros de entrenamiento, competencias y regresos difíciles. “Por motivos económicos yo tuve que volver a mi pueblo, vender raspados, cocos, lo que podía, pero el vínculo nunca se rompió”, explicó.

Ambos iniciaron en el parasurf, crecieron juntos y dieron el salto al para esquí de fondo casi al mismo tiempo. “La primera competencia en Noruega fue durísima. Terminamos agotados, decepcionados, con ganas de llorar; ahí entendimos que había que entrenar más fuerte”, confesó Jonathan. 

Ese proceso los transformó. “Al principio éramos amigos. Con todo lo que vivimos, ahora somos como hermanos. Si él tiene un problema, yo lo tengo”, aseguró.

Noruega fue el primer gran choque con la realidad del alto nivel. Llegaron sin experiencia, sin referencia y con más dudas que certezas. “Fuimos los últimos, literalmente”, aseguró David. 

Pero ese lugar inicial no fue un techo, sino un punto de partida. Con el paso de las competencias, los entrenamientos y la adaptación, los resultados empezaron a aparecer. David comenzó a subir posiciones, a bajar tiempos, a competir de igual a igual. 

La confirmación llegó tras una competencia decisiva en Noruega. En una pantalla apareció el anuncio: David Chávez, clasificado a los Juegos Paralímpicos de Invierno Milano–Cortina 2026. “Cuando vi eso sentí ganas de llorar, no era solo yo, era El Salvador llegando por primera vez a este lugar”, expresó. 

Con esa clasificación, David se convirtió en el primer salvadoreño en asegurar un lugar en unos Juegos Paralímpicos de Invierno, abriendo una puerta que nunca antes se había imaginado para el país.

Para Salvador Salguero, jefe de misión de los Juegos Paralímpicos de Invierno Milano-Cortina 2026, este logro marca un antes y un después. “Que David haya clasificado de manera directa es histórico. Hoy El Salvador tiene presencia paralímpica en deportes de invierno, algo que hace unos años nadie hubiera imaginado”, afirmó. 

Para él, el motor ha sido la actitud. “Esto nace de la inspiración de estos jóvenes, de sus ganas de superarse y de demostrar que no hay imposibles. El deporte es un mensaje poderoso para la sociedad”, sostuvo.

Salguero subraya que el proceso ha sido colectivo. “Este proyecto no se logra sólo. Hay apoyo privado, empresas salvadoreñas, entrenadores, instituciones y personas que creen. Las cosas se logran en comunidad”, declaró. 

Y mira más allá del resultado inmediato. “Clasificar es un logro enorme, pero no es el final. El sueño es integrar el deporte paralímpico con el deporte olímpico y romper barreras mentales. No hay diferencias, hay condiciones distintas”, reflexionó el dirigente.

Jonathan lo resume desde otro lugar. “El objetivo era del equipo. Si él lo lograba, lo lográbamos todos. Me siento orgulloso y feliz. Esto motiva a seguir”, dijo. Y su mensaje es claro para quienes dudan: “Que no se rindan por tener una discapacidad. Todo está en la mente. Si nosotros lo hemos logrado, otros también pueden”.

Hoy, David no habla de hazañas personales ni de épicas individuales. Habla de proceso, de constancia y de abrir camino. “No quiero ser el primero ni el último. Quiero que más personas con discapacidad crean que sí se puede”, afirmó. 

Con Milano–Cortina 2026 en el horizonte, su objetivo es seguir creciendo, seguir aprendiendo y seguir representando a El Salvador desde un lugar impensado hace apenas unos años. “Esto no termina aquí. Esto apenas comienza”, concluyó.

Publicado el 06-02-2026.